Julián Martínez Lizán. Consejero de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural de Castilla-La Mancha
Castilla-La Mancha ha conseguido consolidarse como una de las grandes regiones oleícolas del mundo, pero el sector vive una época de vértigo: sequía, costes, tensión en los mercados y cambios en el consumo. ¿Qué le preocupa de verdad cuando piensa en el futuro del olivar manchego dentro de diez o quince años?
Me preocupa que no seamos capaces de hacer frente de manera global a los diferentes retos que tenemos por delante, entre los que destacan las cuestiones vinculadas a la climatología, como cambios de temperaturas en apenas unos días, pasando de verano a invierno, las sequías, la intensidad de las borrascas y todo lo que está trayendo el cambio climático. También los retos de la comercialización y, por supuesto, la rentabilidad de las explotaciones en un momento en el que vemos la rapidez con la que pueden cambiar los costes de producción provocados por la geopolítica (guerras y/o aranceles); por tanto tenemos que conseguir que nuestros olivareros, al igual que el resto de sectores, cobren un precio justo por sus producciones; y está claro que debemos continuar con la modernización e innovación, con el objetivo claro de no solo buscar mejores producciones si no también ahorrar en los costes de producción.
Bajo mi punto de vista, estas son las cuestiones principales y todas están interrelacionadas. La tecnología, la innovación y la inteligencia artificial, por ejemplo, nos pueden ayudar a tener cultivos más resilientes a la sequía, pero también a predecir cómo serán las cosechas, a optimizar la producción en base a estos datos, a monitorizar en tiempo real la salud del olivar o a la automatización del cultivo y la recolección. Además, la IA avanza muchísimo en plazos de tiempo muy cortos, por tanto, tenemos que estar muy atentos, para aplicarla y para ello creo que la colaboración de las administraciones, con las empresas y los centros de investigación es muy importante.
Y desde luego, tenemos que seguir avanzando en comercialización; España está ya en más de 150 países, pero hay que defender nuestra posición en mercados estratégicos como Estados Unidos y paralelamente abrir otros nuevos, en los países de Mercosur, en Corea, Canadá, Japón y desde luego en ámbitos más cercanos como la Unión Europea. En ese sentido, nuestra mejor herramienta es la excelente calidad de nuestros aceites.
Usted suele hablar del aceite de oliva no solo como economía, sino como identidad territorial. En pueblos de Castilla-La Mancha, el olivar sigue marcando el ritmo de la vida. ¿Cómo se protege esa dimensión humana y cultural del aceite en un momento donde todo parece empujar hacia la industrialización y la rentabilidad inmediata?
Efectivamente, el aceite de oliva no solo es uno de los principales alimentos de la dieta mediterránea, sino que va ligado a una forma de vida y una cultura gastronómica que tiene detrás un gran legado cultural.
Por eso, creo que la mejor manera de proteger esa dimensión es como decía más arriba, protegiendo a los productores, en primer lugar, que están en la base y son la parte más débil. Los oleicultores deben cobrar precios justos por un producto que tiene propiedades nutricionales y saludables entre las que están la prevención de enfermedades cardiovasculares como se ha demostrado. También hay que proteger a todo el ecosistema de almazaras, cooperativas e industrias que transforman el fruto en aceite.
Y desde luego, hay que poner en valor todo este sistema para que la opinión pública y las personas consumidoras lo conozcan y lo valoren.
Recientemente la Junta ha reforzado su apuesta por la modernización agroalimentaria, con nuevas ayudas FOCAL y apoyo a cooperativas y almazaras para seguir transformando el sector. ¿Cuál cree que es hoy la gran revolución pendiente del aceite de oliva en Castilla-La Mancha?, ¿la tecnología, la comercialización o aprender a comunicar mejor el valor del producto?
Bajo mi punto de vista, las tres cuestiones que cita son clave. Tenemos que seguir innovando e incorporando la tecnología que nos permita afrontar retos tan importantes como los que nos trae el cambio climático, sobre todo en determinadas zonas de nuestra región relacionados con el agua.
En materia de comercialización hemos avanzado muchísimo, primero elaborando aceites de gran calidad que en nuestra región están avalados por cuatro denominaciones de origen, y ahora tenemos que seguir por ese camino de poner en el mercado productos excelentes, acompañados de una imagen visual atractiva y desde luego poniendo en valor las excelencias de este producto. Yo cuando hablo del aceite de oliva suelo recordar que en algunos países lo recomiendan como una medicina y ahí tenemos que seguir incidiendo, en las extraordinarias propiedades que tiene este producto.
Por tanto, hay que seguir trabajando para que el consumo mundial de aceite de oliva, que ha ido en aumento en las últimas décadas, continue con esta tendencia.
En los últimos meses también hemos visto cómo Castilla-La Mancha ha reivindicado el peso estratégico del sector agroalimentario y de marcas como “Campo y Alma” para posicionar productos de calidad en el mundo. ¿Cree que el aceite español todavía no ha contado suficientemente bien su historia fuera de nuestras fronteras?
El aceite español es un emblema de las producciones agroalimentarias españolas, es un producto que lleva asociadas unas connotaciones culturales enormes y desde luego, es un alimento con unas propiedades inigualables. En mi opinión, cada vez está más reconocido fuera de nuestras fronteras -como decía estamos ya en más de 150 países- por su calidad excepcional, avalada por 33 denominaciones de origen e indicaciones geográficas protegidas distribuidas en doce comunidades autónomas entre las que está Castilla-La Mancha que aporta 4 DOP; y también porque contamos con variedades únicas como nuestra cornicabra.
No obstante, tenemos que seguir avanzando en generar más valor añadido para consolidar el aceite de oliva español como un referente internacional y quizá no se trata tanto de producir más, sino que se pague lo justo por nuestro producto.
El Olive Oil World Congress nace con vocación global, pero también con la idea de conectar tradición, innovación y cultura del aceite. ¿Qué mensaje le gustaría que se llevara del congreso alguien que venga de fuera de España y descubra por primera vez lo que representa el olivar en Castilla-La Mancha?
Me gustaría que se llevasen tres o cuatro ideas claras. La primera es que, somos un referente en la producción de aceite de oliva y no sólo en España, sino a nivel europeo ya que tenemos 460.000 hectáreas de olivo y somos la tercera región productora del mundo; la segunda es que somos un referente por calidad, lo dicen los propios aceites que elaboramos y ademas contamos con 4 Denominaciones de Origen Protegidas, todas dentro de nuestra marca de garantía Campo y Alma. Y, por último, en nuestra región, el olivar es especialmente importante porque se trata de un cultivo social, que ayuda económicamente a muchas familias, contribuye a la conservación del paisaje y el territorio, y permite luchar contra el cambio climático.