Por primera vez en la historia, semillas de olivo serán depositadas en la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, el mayor banco de seguridad genética del planeta, situado en el archipiélago noruego de Svalbard. La iniciativa, liderada por el Consejo Oleícola Internacional, supone un hito para la conservación de uno de los cultivos más emblemáticos y antiguos del mundo y refuerza el compromiso internacional con la biodiversidad agrícola y la seguridad alimentaria.
El próximo 25 de febrero, el Consejo Oleícola Internacional formará parte de una delegación que depositará un primer lote de semillas de olivo en la isla de Spitsbergen, cerca de Longyearbyen, donde se encuentra la conocida como “bóveda del fin del mundo”. Esta instalación, excavada en el interior de una montaña y protegida por el permafrost ártico, mantiene las semillas a una temperatura constante de −18 °C, lo que permite su conservación durante décadas o incluso siglos. Concebida como una copia de seguridad global, la bóveda almacena duplicados de semillas procedentes de bancos de germoplasma de todo el mundo para protegerlas frente a desastres naturales, conflictos, fallos técnicos o los efectos del cambio climático.
Aunque el olivo es un cultivo que se remonta a miles de años y ha sido fundamental en el desarrollo de las civilizaciones mediterráneas, hasta ahora ninguna institución había preservado sus semillas en Svalbard. Este hecho otorga a la iniciativa un carácter histórico y simbólico, al incorporar oficialmente al olivo en la mayor reserva mundial de recursos fitogenéticos.
Las semillas que viajarán al Ártico proceden de la colección de olivos vivos del Banco de Germoplasma gestionado por la Universidad de Córdoba, que alberga más de 700 variedades originarias de distintos países de los cinco continentes, así como de ejemplares silvestres —acebuches— recolectados por la Universidad de Granada en la península ibérica. Muchas de estas variedades fueron obtenidas originalmente en países miembros del Consejo Oleícola Internacional, lo que permite que la diversidad genética del olivo de numerosas regiones productoras quede representada en esta reserva mundial.
Antes de su envío, las semillas han sido sometidas a un proceso técnico riguroso que incluye la desecación controlada para eliminar la humedad, ensayos de germinación que garantizan su viabilidad y un envasado hermético en sobres especiales debidamente etiquetados con información detallada sobre su identidad y origen. Posteriormente, se embalan en cajas resistentes y se trasladan por vía terrestre y aérea hasta Longyearbyen, donde el personal autorizado coordina su recepción e integración en las cámaras subterráneas de almacenamiento permanente. El depósito no implica la cesión de la titularidad genética, ya que cada banco conserva la propiedad de sus semillas; la bóveda actúa únicamente como una copia de seguridad.
Más allá de su valor simbólico, el proyecto tiene una dimensión científica y estratégica fundamental. El olivo posee una enorme diversidad genética acumulada a lo largo de siglos de domesticación y adaptación a distintos entornos. Sin embargo, esta diversidad se enfrenta hoy a amenazas como la desertificación, nuevas plagas y enfermedades emergentes, la intensificación agrícola y la homogeneización de variedades comerciales. La preservación de semillas en Svalbard garantiza que, ante cualquier pérdida de colecciones locales o regionales, el material pueda recuperarse para programas de investigación y mejora genética.
Especial relevancia tiene la inclusión de acebuches o formas silvestres del olivo, ya que estos ejemplares pueden contener genes de resistencia a sequías, salinidad o enfermedades, cualidades esenciales para afrontar los desafíos derivados del cambio climático. Así, la iniciativa no solo protege la tradición agrícola, sino que también asegura recursos clave para la innovación y la resiliencia futura del cultivo.
El proyecto cuenta con el apoyo del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación de España y la colaboración de instituciones científicas como el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Nacional de Investigación y Tecnología Agraria y Alimentaria, además del respaldo internacional de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. Asimismo, la iniciativa surge en el contexto de proyectos europeos de investigación como GEN4OLIVE, centrados en la caracterización y valorización de los recursos genéticos del olivo.
Con este paso, el olivo —símbolo de paz, cultura y tradición mediterránea— pasa a formar parte del mayor seguro genético del planeta. Su entrada en la bóveda ártica no solo protege su legado histórico, sino que refuerza su papel como cultivo estratégico para la alimentación y el equilibrio agrícola del futuro.